Cien escritores en español

Eligen 100 libros que cambiaron su vida

Desde que tuve interés por la lectura me he preguntado siempre qué libros son los más leídos. Y he tenido la curiosidad por saber QUÉ LEEN mis escritores favoritos o los que practican el oficio. El País Semanal, suplemento del diario El país de España ha realizado una extensa lista con los 10 libros que de alguna u otra forma influyeron en la vida de 100 escritores de habla hispana. Importantes títulos de la literatura universal –si bien hay grandes ausencias– que valen la pena revisar. En la lista participaron cuatro escritores peruanos: Jorge Eduardo Benavides, Santiago Rocagliolo, Iván Thays y Mario Vargas Llosa. De esta amplia relación de obras literarias se mencionaron escritores peruanos como Ribeyro, Arguedas, Bryce, y sobre sale la figura de Vargas Llosa con su obra “Conversación en la Catedral”. Una lista imprescindible que publicamos en su totalidad y puede ser descargada en http://www.elpais.com

Ilustración: Ana Juan (España)


EL PAÍS SEMANAL ofrece a sus lectores la lista completa de diez libros que cambiaron la vida a 100 escritores en español:

1. Josefina Aldecoa
1. Anna Karenina, León Tolstoi.
2. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
3. Los papeles póstumos del club Pickwick, Charkes Dickens.
4. El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
5. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín.
6. Una habitación propia, Virgina Woolf.
7. La casa de la alegría, Edith Wharton.
8. Música para camaleones, Truman Capote.
9. Las nieves del Kilimanjaro, Ernest Hemingway.
10. Mi Antonia, Willa Cather.

2. Nuria Amat
1. Poemas, Emily Dickinson.
2. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
3. Anna Karenina, León Tolstoi.
4. Diarios, Franz Kafka.
5. Obra completa, Jorge Luis Borges.
6. Las olas, Viginia Woolf.
7. Las palmeras salvajes, William Faulkner.
8. El libro de mi vida, Teresa de Jesús.
9. Autobiografía, Thomas Bernhard.
10. Jane Eyre, Charlotte Bronte.

3. Rafael Argullol
1. El rey Lear, William Shakespeare.
2. Fausto, Goethe.
3. Edipo, Sófocles.
4. El banquete, Platón.
5. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. La divina comedia, Dante.
7. Ensayos, Montaigne.
8. Los hermanos Karamazov, Dostoievski.
9. El nacimiento de la tragedia, Friedrich Nietzche.
10. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.

4. Bernardo Atxaga
1. Harri eta Herri (Piedra y pueblo), Gabriel Aresti.
2. Huesos de sepia, Eugenio Montale (traducción: F. Ferrer Lerin).
3. Confesiones, Jean-Jacques Rousseau.
4. Las afinidades electivas, Goethe.
5. Cantos, Giacomo Leopardi.
6. Tristram Shandy, Laurence Sterne.
7. Barthes por Barthes, Roland Barthes.
8. Bronwyn, Eduerdo Cirlot.
9. El cuaderno gris, Josep Pla.
10. 1280 almas, Jim Thompson.

5. Francisco Ayala
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.

6. Félix de Azúa
1. La Biblia para los niños.
2. Almanaque Agroman 1956.
3. Guillermo el travieso, R. Crompton.
4. Los hijos del capitán Aterras, Julio Verne.
5. Diccionario manual e ilustrado de la lengua española. Espasa Calpe, 1927.
6. Guía de Teléfonos de Barcelona.
7. London A to Z.
8. Paris. Guide Bleu.
9. Los hermanos Karamazov, Fédor Dostoievski.
10. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.

7. Nuria Barrios
1. La Biblia.
2. Odisea, Homero.
3. Metamorfosis, Ovidio.
4. Diccionario, María Moliner.
5. Diccionario de Filosofía, José Ferrater Mora.
6. Les mots, Jean-Paul Sartre.
7. Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll.
8. Poesía completa, Alejandra Pizarnik.
9. Si esto es un hombre, Primo Levi.
10. Maus, Spiegelman.

8. Mario Bellatín
1. El pabellón número 6, Antón Chejov.
2. El proceso, Franz Kafka.
3. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
4. Mario y el mago, Thomas Mann.
5. Vidas minúsculas, Pierre Michon.
6. El instituto Benjamenta, Robert Walser.
7. La casa inundada, Felisberto Hernández.
8. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
9. El zorro de arriba, el zorro de abajo, José María Arguedas.
10. La traición de Rita Hayworth, Manuel Puig.

9 . Jorge Eduardo Benavides
1. El obsceno pájaro de la noche, José Donoso.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust .
3. La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa.
4. Rayuela, Julio Cortázar.
5. Manhattan Transfer, John Dos Passos.
6. Los Herederos, Isaac Bashevis Singer.
7. Entre selvas y desiertos, Henry Sienkiewictz.
8. El prisionero de Zenda, Anthony Hope.
9. El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina.
10. Opiniones de un payaso, Heinrich Böll.

10. Carmen Boullosa
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. Cuentos, Katherine Mansfield.
3. Mi corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
4. Anagnórisis, Tomás Segovia .
5. El mono gramático, Octavio Paz.
6. Rayuela, Julio Cortázar .
7. Cordelia frente al espejo, Silvina Ocampo.
8. Altazor, Vicente Huidobro.
9. Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar.
10. Los miserables, Víctor Hugo.

11. José Manuel Caballero Bonald
1. La Odisea, Homero.
2. Las Soledades y el Polifemo, Luis de Góngora.
3. Don Quijote de la Mancha y el Persiles, Miguel de Cervantes.
4. Las iluminaciones y Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud.
5. Espacio, Juan Ramón Jiménez.
6. ¡Absalón, Absalón!, William Faulkner.
7. Hamlet, William Shakespeare.
8. La metamorfosis, Franz Kafka.
9. Residencia en la tierra, Pablo Neruda.
10. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.

12. Martín Casariego
1. Herzog, Saul Bellow.
2. El sueño de los héroes, Adolfo Bioy Casares.
3. El extranjero, Albert Camus.
4. Maquillaje. Letanía de pómulos y pánicos, Pedro Casariego Córdoba.
5. El buen soldado, Ford Madox Ford.
6. No soy Stiller, Max Frisch.
7. El americano impasible, Graham Green.
8. El proceso, Franz Kafka.
9. Anna Karenina, León Tolstoi.
10. Tristán e Isolda.

13. Francisco Casavella
1. Guerra y paz, León Tolstoi.
2. Tiempos difíciles, Charles Dickens.
3. La corte de los milagros, Ramón María del Valle-Inclán.
4. Petersburgo, Andréi Biela.
5. Seymour: una introducción, J.D. Salinger.
6. El gran Gatsby, F. Scott Fitgerald.
7. El legado de Humboldt, Saul Bellow.
8. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
9. Me casé con un comunista, Philip Roth.
10. Libra, Don DeLillo.

14. Horacio Castellanos Moya
1. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
2. El oficio de poeta, el oficio de vivir, Cesare Pavese.
3. Trilce, César Vallejo.
4. Anales, Tácito.
5. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
6. Jacques el fatalista, Diderot.
7. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
8. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche .
9. Los sonámbulos, Hermann Broch.
10. Cuadernos, E.M. Cioran.

15. Luisa Castro
1. Longa Noite de Pedra, Celso Emilio Ferreiro.
2. Canto general, Pablo Neruda.
3. La caída, Albert Camus.
4. Las olas, Virginia Woolf.
5. Mortal y rosa, Francisco Umbral.
6. La montaña mágica, Thoman Mann.
7. La Eneida, Virgilio.
8. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
9. Elegías de Duino, Rilke.
10. En busca de lo Absoluto, Arthur Koestler.

16. Javier Cercas
1. Ficciones, Jorge Luis Borges.
2. De profundis, Oscar Wilde.
3. La tierra baldía (con el comentario de Juan Ferraté), T.S. Eliot.
4. La visión dionisíaca del mundo, incluido en El nacimiento de la tragedia,
Friedrich Nietzsche.
5. La metamorfosis, Franz Kafka.
6. Libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
7. Contra viento y marea, vol. I, Mario Vargas Llosa.
8. Rayuela, Julio Cortázar.
9. Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante.
10. Las personas del verbo, Jaime Gil de Biedma.

17. Rafael Chirbes
1. Manifiesto Comunista, Karl Marx.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Derrerum natura, Lucrecia.
4. La muerte de Virgilio, Herman Brock.
5. Brindas, Benito Pérez Galdós.
6. La Celestina, Fernando Rojas.
7. Ensayos, Michel de Montaigne.
8. Sonetos, Francisco de Quevedo.
9. Santurio, William Faulkner.
10. Boccaccio, Pedro Calderón de la Barca.

18. Oliverio Coelho
1. El proceso, Franz Kafka.
2. Viaje al fin de la noche, Louis Ferdinand Celine.
3. Ficciones, Jorge Luis Borges.
4. Los siete locos, Roberto Arlt.
5. El astillero, Juan Carlos Onetti.
6. Palmeras salvajes, William Faulkner.
7. El desierto de los tártaros, Dino Buzzati.
8. Confesiones de un asesino, Joseph Roth.
9. Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante.
10. Memorias, Giacomo Casanova.

19. Agustín Fernández Mallo
1. Obras completas, José Ángel Valente.
2. El hacedor, Jorge Luis Borges.
3. Tractatus Logico-Philosophicus, Ludwig Wittgenstein.
4. Centuria, Giorgio Manganelli.
5. Las estrategias fatales, Jean Baudrillard.
6. Construcción, Thomas Bernhard.
7. Ironía Contingencia y Solidaridad, Richad Rorty.
8. Exhibición de Atrocidades, J.G. Ballard
9.Escaladas en Yosemite, Gorge Meyers.
10. El sentido de la vista, John Berger.

20. Jesús Ferrero
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. Tao te King, Lao Tse.
4. Cuatro cuartetos, T. S. Eliot.
5. Las flores del mal, Charles Baudelaire.
6. Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
7. Ficciones, Jorge Luis Borges.
8. Así habló Zaratrusta, Friedrich Nietzsche.
9. El malestar de la cultura, Sigmund Freud.

21. Antonio Ferres
1. La Odisea, Homero.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
4. Meditaciones, Marco Aurelio.
5. Santuario, William Faulkner.
6. La montaña mágica, Thomas Mann.
7. Poemas franceses, Rainer Maria Rilke.
8. El desierto de los tártaros, Dino Buzzati.
9. Los vaticinios de la inocencia, William Blake.
10. Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar.

22. Carlos Fuentes
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. La Odisea, Homero.
3. Antígona, Sófocles.
4. Macbeth, William Shakespeare.
5. La comedia humana, Honoré de Balzac.
6. Obra poética, Francisco de Quevedo.
7. Nuestro amigo mutuo, Charles Dickens.
8. ¡Absalón, absalón!, William Faulkner.
9. Cantos, Giacomo Leopardi.
10. Los miserables, Víctor Hugo.

23. Antonio Gamoneda
1. Otra más alta vida, Antonio Gamoneda padre.
2. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
3. La Biblia.
4. El Capital, Karl Marx.
5. Ensayos sobre la condición obrera, Simone Weil.
6. El proceso, Franz Kafka.
7. La segunda antología poética, Juan Ramón Jiménez.
8. Poèmes, Arthur Rimbaud.
9. Poesías, Stephan Mallarmé.
10. Antologie poétique, Nazim Hikmet.

24. Santiago Gamboa:
1. Lord Jim, Joseph Conrad.
2. El cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell.
3. El juego de los abalorios, Hermann Hesse.
4. Narraciones extraordinarias, Edgar Allan Poe.
5. Hotel Savoy, Joseph Roth.
6. Relatos de los mares del sur, Jack London.
7. Las canciones de Bilitis, Pierre Louys.
8. Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro.
9. Los signos en rotación, Octavio Paz.
10. Los nuestros, Luis Harss.

25. Luis García Montero
1. Las mil mejores poesías de la lengua castellana, José Verruga.
2. David Copperfield, Charles Dickens.
3. Misericordia, Benito Pérez Galdós.
4. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
5. Juan de Mairena, Antonio Machado.
6. Teoría e historia de la producción ideológica. Las primeras literaturas
burguesas, Juan Carlos Rodríguez.
7. Las personas del verbo, Jaime Gil de Biedma.
8. Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé.
9. Palabra sobre palabra, Angel González.
10. Las edades de Lulú, Almudena Grandes.

26. Javier García Sánchez
1. La pasión según G.H., Clarice Lispector.
2. La muerte de Virgilio, Hermann Broch.
3. Todos los hombres del rey, Robert Benn Warren.
4. Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós.
5. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
6. Escuela de mandarines, Miguel Espinosa.
7. El hombre sin atributos, Robert Musil.
8. Bajo el volcán, Malcom Lowy.
9. La feria de las vanidades, W. M. Tackeray.
10. Tommyknockers, Stephen King.

27. Juan Gelman
1. Cántico espiritual, San Juan de la Cruz.
2. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
3. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
4. Trilce, César Vallejo.
5. A la sombra de los barrios amados, Raúl González Muñón.
6. Ricardo III, William Shakespeare.
7. Los hundidos y los salvados, Carlo Levi.
8. Elegías del Duino, Rainer Maria Rilke.
9. Poemas, Osip Mandelstam.
10. No amanece el cantor, José Ángel Valente.

28. Marcos Giralt
1. Tristram Shandy, Laurence Sterne.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Lolita, Vladimir Nabokov.
4. Corrección, Thomas Bernhard.
5. Temor y temblor, Soren Kierkegaard.
6. Ensayos, Michel de Montaigne.
7. Dublineses, James Joyce.
8. El Aleph, Jorge Luis Borges.
9. Mientras agonizo, William Faulkner.
10. Bartleby, el escribiente, Herman Melville.

29. Juan Antonio González Iglesias
1. Banquete, Platón.
2. Odas, Horacio.
3. Fuentes de la constancia, Juan Gil-Albert.
4. Sonetos, William Shakespeare.
5. Los Evangelios.
6. Poesía, Jorge Luis Borges.
7. Sonetos de amor, Federico García Lorca.
8. Hojas de hierba, Walt Whitman.
9. El tiempo, gran escultor, Marguerite Yourcenar.
10. Discurso sobre la dignidad del hombre, Pico della Mirandola.

30. Jordi Gracia
1. Sobre la felicidad, Séneca.
2. Ética a Nicómaco, Aristóteles.
3. Discurso del método, René Descartes.
4. La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset.
5. Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa.
6. La tarea del héroe, Fernando Savater.
7. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche.
8. Ensayos, Michele de Montaigne.
9. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
10. Por el camino de Swann, Marcel Proust.

31. Almudena Grandes
1. La Odisea, Homero.
2. Mujercitas, Louise May Alcott.
3. Tormento, Benito Pérez Galdós.
4. La madre, Máximo Gorka.
5. El oficio de poeta, el oficio de vivir, Cesare Pavese.
6. La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.
7. Los hijos muertos, Ana María Matute.
8. Usos amorosos de la posguerra española, Carmen Martín Gaite.
9. Campo de los almendros, Max Aub.
10. Habitaciones separadas, Luis García Montero.
32. José María Guelbenzu
1. Ulises, James Joyce.
2. La copa dorada, Henry James.
3. La tierra baldía, T. S. Eliot.
4. Moby Dick, Herman Melville.
5. El castillo, Franz Kafka.
6. El ruido y la furia, William Faulkner.
7. Poesías completas, Antonio Machado.
8. Rayuela, Julio Cortázar.
9. La rama dorada, James G. Frazer.
10. Polifemo y Galatea, Luis de Góngora.

33. Wendy Guerra
1. El guardián entre el centeno, J.D.Salinger.
2. Confesiones de una máscara, Yukio Mishima.
3. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
4. Incesto, Anaïs Nin.
5. El amante, Marguerite Duras.
6. El libro de las Maravillas de Boloña, Eliseo Diego.
7. Viaje a La Habana, Reinaldo Arenas.
8. Matar al último Venado, Osvaldo Sánchez.
9. Dinka. tomos I – II- III, O. Sieva.
10. Buenos días, tristeza, Françoise Sagan.

34. Rafael Gumucio
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. Los niños terribles, Jean Cocteau.
3. Anna Karenina, León Tolstoi.
4. Herzog, Saul Bellow.
5. Don Casmurro, Joaquim Maria Machado de Assis.
6. Trilce y poemas humanos, César Vallejo.
7. Los miserables, Victor Hugo.
8. Los cuentos, Antón Chejov.
9. Rojo y negro, Sthendal.
10. Hijo de Ladrón, Manuel Rojas.

35. Menchu Gutiérrez
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. La poética del espacio, Gaston Bachelard.
3. La muerte de Virgilio, Hermann Broch.
4. La metamorfosis, Franz Kafka.
5. Trastorno, Thomas Bernhard.
6. Claros del bosque, María Zambrano.
7. Las tiendas de color canela, Bruno Schulz.
8. Jakob von Gunten, Robert Walser.
9. Subida al Monte Carmelo, San Juan de la Cruz.
10. Ciclo de Bronwyn, Juan-Eduardo Cirlot.

36. Clara Janés
1. Upanishads.
2. Diálogos, Platón.
3. Lamento, Vladimír Holan.
4. Obras completas, William Shakespeare.
5. Metamorfosis, Ovidio.
6. Mar de Galilea, Ilhan Berk.
7. Diván del príncipe de Emgión, Gunnar Ekelöf.
8. Obra completa, San Juan de la Cruz.
9. El castillo de Iodo, Yasushi Inué.
10. Diarios, Andrei Tarkovski.

37. Darío Jaramillo
1. Las mil y una noches.
2. Pensamientos, Blas Pascal.
3. Los viajes de Gulliver, J. Swift.
4. Canto a mí mismo, Walt Whitman.
5. Historia de Raselas, Samuel Jonson.
6. Huckleberry Finn, Mark Twain.
7. Imitación de Cristo, Tomás de Kempis.
8. David Copperfield, Charles Dickens.
9. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
10. Kim, Rudyard Kipling.

38. Eduardo Lago
1. Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
2. Rojo y negro, Stendhal.
3. Suttree, Cormac McCarthy.
4. Ulises, James Joyce.
5. Elegías del Duino, Rainer Maria Rilke.
6. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
7. Paradiso, José Lezama Lima.
8. Anna Karenina, León Tolstoi.
9. El Criticón, Baltasar Gracián.
10. El ruido y la furia, William Faulkner.

39. Elvira Lindo
1. Huckleberry Finn, Mark Twain.
2. El Lazarillo de Tormes, Anónimo.
3. Luces de Bohemia, Ramón María del Valle-Inclán.
4. Mrs Dalloway, Virgina Woolf.
5. Los cuentos, Antón Chejov.
6. Los cuentos, John Cheever.
7. Los muertos, incluido en Dublineses, de James Joyce.
8. Tristana, Benito Pérez Galdós.
9. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
10. Cuentos, Alice Munro.

40. Manuel de Lope
1. Moby Dick, Herman Melville.
2. El Estudio de la Historia, Arnold Toynbee.
3. El Ruedo ibérico, Ramón María del Valle-Inclán.
4. Obra completa, Marcel Proust.
5. Bajo el volcán, Lowry.
6. Poemas, Charles Baudelaire.
7. El Gran Sertón, Guimaraes Rosa.
8. Juan de Mairena, Antonio Machado.
9. Palmeras salvajes, William Faulkner.
10. Diarios, Capitán Cook.

41. Ray Loriga
1. El guardián entre el centeno, J.D. Salinger.
2. La línea de sombra, Joseph Conrad.
3. Orlando, Virginia Woolf.
4. El arrebato de L.V. Stein, de Margarite Duras.
5. Meridiano de sangre, Cormac McCarthy.
6. Moby Dick, Herman Melville.
7. La naranja mecánica, Anthony Burgués.
8. Lolita, Vladimir Nabokov.
9. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
10. Auto de fe, Elias Canetti.

42. José Carlos Llop
1. Cuentos, Antón Chejov.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. El buen soldado, Ford Madox Ford.
4. Poesía, T.S. Eliot.
5. Radiaciones, Ernst Jünger.
6. Suave es la noche, F. Scott Fitzgerald.
7. Ada o el ardor, Vladimir Nabokov.
8. La tumba sin sosiego, Cyril Connolly.
9. El Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell.
10. El jardín de los Finzi-Contini, Giorgio Bassani.

43. Luis Magrinyà
1. Maud-Evelyn, Henry James.
2. Rojo y negro, Stendhal.
3. Las relaciones peligrosas, Choderlos de Laclos.
4. La feria de las vanidades, Wiliam M. Thackeray.
5. Los monederos falsos, André Gide.
6. Los inconsolables, Kazuo Ishiguro.
7. El cine según Hitchcock, François Truffaut.
8. La mujer en silencio, Janet Malcolm.
9. Sin inventar nada, Lev Razgón.
10. Los desaparecidos, Andrew O’Hagan.

44. Alberto Manguel
1. Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll.
2. El hacedor, Jorge Luis Borges.
3. La divina comedia, Dante Alighieri.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Diez siglos de poesía castellana, selección de Vicente Gaos.
6. The Albatross Book of Verse, selección de Louis Untermeyer.
7. El Rey Lear, William Shakespeare.
8. El gene egoísta, Richard Dawkins.
9. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Robert Louis Stevenson.
10. La aparición del libro, Lucien Fevre & Henri-Jean Martin.

45. Javier Marías
1. Ricardo III / Macbeth, William Shakespeare.
2. Tristram Shandy, Laurence Sterne.
3. El corazón de las tinieblas y El espejo del mar, Joseph Conrad.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Ensayos, Michel de Montaigne.
6. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
7. Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke.
8. Cuentos completos, Henry James.
9. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
10. La caída de Constantinopla 1453, Sir Steven Runciman.

46. Juan Marsé
1. Rojo y negro, Stendhal.
2. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde, Robert Louis Stevenson.
3. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
4. El proceso, Franz Kafka.
5. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
6. Palmeras salvaje, William Faulkner.
7. El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald.
8. La realidad y el deseo, Luis Cernuda.
9. Memorias, Pío Baroja.
10. El extranjero, Albert Camus.

47. Gustavo Martín Garzo
1. Poemas, Emily Dickinson.
2. Las mil y una noches.
3. Obra completa, Franz Kafka.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Lejos de África, Isak Dinesen.
6. Iluminaciones, Walter Benjamin.
7. Poemas, César Vallejo.
8. Cuentos, Jacob y Wilhelm Grimm.
9. Luz de agosto, William Faulkner.
10. Autobiografía, Elías Canetti.

48. Tomás Eloy Martínez
1. Sonetos, Francisco de Quevedo.
2. Poemas, César Vallejo.
3. El Aleph, de Jorge Luis Borges.
4. Bleak House (Casa desolada), de Charles Dickens.
5. El eterno Adán, de Jules Verne.
6. Lolita, de Vladimir Nabokov.
7. El proceso, de Franz Kafka.
8. Inferno Purgatorio, Dante Alighieri.
9. Las fotos, de Diane Arbus.
10. La Divina Comedia, Dante Alighieri.

49. Ignacio Martínez de Pisón
1. La guerra carlista, Ramón María del Valle-Inclán.
2. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
3. Figuración y fuga, Carlos Barral.
4. Diarios, John Cheever.
5. El invitado del día de acción de gracias, Truman Capote.
6. Reunión en el restaurante Nostalgia, Anne Tyler.
7. Léxico familiar, Natalia Ginzburg.
8. Homenaje a Cataluña, George Orwell.
9. Imán, Ramón J. Sender.
10. Cuentos completos, Julio Ramón Ribeyro.

50. Jorge Martínez Reverte
1. Guerra y paz, León Tolstoi.
2. La montaña mágica, Thomas Mann.
3. Moby Dick, Hermann Melville.
4. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
5. Viaje al corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
6. La regenta, Leopoldo Alas Clarín.
7. El libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
8. Elegías del Duino, Rainer Maria Rilke.
9. La metamorfosis, Franz Kafka.
10. El capital, Karl Marx.

51. Luis Mateo Díez
1. Antígona, Sófocles.
2. Las mil y una noches.
3. Fedro, Pátón.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Hamlet, William Shakespeare.
6. La vida es sueño, Calderón de la Barca.
7. La metamorfosis, Franz Kafka
8. Diálogos sobre la religión natura, David Hume.
9. Confesiones, Jean-Jacques Rousseau
10. Ensayos, Michel de Montaigne.

52. Ana María Matute
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. La reina de las nieves, Hans Christian Andersen.
3. Demian, Herman Hesse.
4. Cumbres borrascosas, Emily Brontë.
5. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
6. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
7. El idiota, Fiódor Dostoievski.
8. Guerra y paz, León Tolstoi.
9. Ulises, James Joyce.
10. Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain.

53. José María Merino
1. Las mil y una noches.
2. Rimas y leyendas, Gustavo Adolfo Bécquer.
3. Cuentos, Antón Chejov.
4. Cuentos, G. de Maupassant.
5. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. Rojo y negro, Stendhal.
7. Trilogía de los Snopes, William Faulkner.
8. La montaña mágica, Thomas Mann.
9. Antología de la literatura fantástica, J.L.Borges, A Bioy Casares, S. Ocampo.
10. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, B.D. del Castillo.

54. Juan José Millás
1. Robinson Crusoe, Daniel Defoe.
2. La metamorfosis, Franz Kafka.
3. Crimen y Castigo, Fiódor Dostoievski.
4. Bartleby, el escribiente, Hermann Melville.
5. La Eneida, Virgilio.
6. Tierra baldía, T. S. Eliot.
7. La caída, Albert Camus.
8. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
9. La muerte de Iván Illich, León Tolstoi.
10. El viaje a las hormigas, Edmund O. Wilson.

55. Ana María Moix
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. Cuentos, Antón Chejov.
3. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
4. La Ilíada, Homero.
5. El rey Lear, William Shakespeare.
6. Los Brundembutgh, Thomas Mann.
7. Nouveles, Henry James.
8. Peter Pan, de J. M Barrior.
9. Rayuela, Julio Cortázar.
10. Las flores del mal, Charles Baudelaire.

56. Carlos Monsivais
1. La Biblia.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Obra completa, Jorge Luis Borges.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Canto general, Pablo Neruda.
6. Adiós a Berlín, Christopher Isherwood.
7. España, aparta de mí este cáliz, César Vallejo.
8. Piedra de sol, Octavio Paz.
9. Los miserables, Víctor Hugo.
10. Casa sombría, Charles Dickens.

57. Rosa Montero
1. Lolita, Vladimir Nabokov.
2. El Aleph, Jorge Luis Borges.
3. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
4. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín.
5. Conversación en la catedral, Mario Vargas Llosa.
6. Espejo roto, Mercè Rodoreda.
7. Guerra y paz, León Tolstoi.
8. Middlemarch, George Elliot.
9. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
10. El viaje fantástico de Nils Holgersson a través de Suecia, Selma Lagerloff.

58. Antonio Muñoz Molina
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. El ruido y la furia, William Faulkner.
3. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
4. Vida y destino, Vasili Grossman.
5. Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós.
6. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
7. Ulises, James Joyce.
8. Conversación en la Catedral, Mario Vargas Llosa.
9. Poesía completa, Antonio Machado.
10. El Aleph, Jorge Luis Borges.

59. Justo Navarro
1. Molloy, Samuel Beckett.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. El proceso, Franz Kafka.
4. Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique.
5. Las flores del mal, Charles Baudelaire.
6. Al morir quedamos solos, Raymond Marshall.
7. La muerte en Beverly Hills, Pere Gimferrer.
8. Teoría e historia de la producción ideológica, Juan Carlos Rodríguez.
9. Miss Lonelyhearts, Nathanael West.
10. Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante.

60. William Ospina
1. La Odisea, Homero.
2. Demian, Herman Hesse.
3. Viaje al centro de la tierra, Julio Verne.
4. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
5. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
6. Cuentos, Edgar Allan Poe.
7. Hojas de hierba, Walt Whitman.
8. José y sus hermanos, Thomas Mann.
9. Poesía, Jorge Luis Borges.
10. Luz de agosto, William Faulkner.

61. Sergio Pitol
1. El Aleph, Jorge Luis Borges.
2. El proceso, Franz Kafka.
3. ¡Absalón, absalón!, William Faulkner.
4. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
5. El Doctor Fausto, Thomas Mann.
6. Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
7. Los sonámbulos, Hermann Broch.
8. El rey de las dos Sicilias, Andrzej Kusniewicz.
9. El paso a la India, E.M.Forster.
10. El maestro y Margarita, Mijaíl Bulgakov.

62. Ángeles Mastretta
1. Lírica personal, Sor Juana Inés de la Cruz.
2. Orgullo y prejuicio, Jane Austen.
3. Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós.
4. Anna Karenina, León Tolstoi.
5. El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez.
6. Crónicas Italianas, Stendhal.
7. Las ilusiones perdidas, Honoré de Balzac.
8. La sombra del Caudillo, Martín Luis Guzmán.
9. Cuentos góticos, Isak Dinesen.
10. Recuento de poemas, Jaime Sabines.

63. Alberto Olmos
1. Residencia en la tierra, Pablo Neruda.
2. Primavera negra, Henry Miller.
3. Mortal y rosa, Francisco Umbral.
4. Sombra del paraíso, Vicente Aleixandre.
5. Lazarillo de Tormes, Anónimo.
6. El ruido y la furia, William Faulkner.
7. Poemas humanos, César Vallejo.
8. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
9. El extranjero, Albert Camus.
10. Esferas, Peter Sloterdijk.

64. Edmundo Paz-Soldán
1. Ficciones, Jorge Luis Borges.
2. La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.
3. La marcha Radetzky, Joseph Roth.
4. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
5. De la construcción de la muralla china, Franz Kafka.
6. Anna Karenina, León Tolstoi.
7. Sartoris, William Faulkner.
8. Rojo y negro, Stendhal.
9. Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías.
10. Gran Sertón: veredas, Joao Guimaraes Rosa.

65. Cristina Peri Rossi
1. El segundo sexo, Simone de Beauvoir.
2. Rimas, Gustavo Adolfo Bécquer.
3. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
4. Relatos, William Saroyan.
5. El proceso, Franz Kafka.
6. Residencia en tierra, Pablo Neruda.
7. Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift.
8. El cuaderno dorado, Doris Lessing.
9. Rayuela, Julio Cortázar.
10. Una habitación propia, Virginia Woolf.

66. Marta Pesarrodona
1. Obra completa de la editorial Aguilar, de Federico García Lorca.
2. Les Fleurs du Mal, Charles Baudelaire.
3. Bonjour, tristesse, Françoise Sagan.
4. Le Deuxième Sexe, Simone de Beauviour.
5. La voz a ti debida, Pedro Salinas.
6. El caminant i el mur, Salvador Espriu.
7. Una habitación propia, Virginia Woolf.
8. La inútil ofrena, Josep Carner.
9. Menjat una cama, Gabriel Ferrater.
10. Against interpretation, Susan Sontag.

67. Álvaro Pombo
1. El banquete, Platón.
2. El espectador, José Ortega y Gasset.
3. Prufrock y otras observaciones, T. S. Elliot.
4. Orgullo y prejuicio, Jane Austen.
5. El ser y la nada, Jean Paul Sartre.
6. The heart of the matter (El corazón del asunto), Graham Green.
7. Los cuadernos de Malte, Rainer Maria Rilke.
8. La montaña mágica, Thomas Mann.
9. Retrato de una dama, Henry James.
10. Juan de Mairena, Antonio Machado.

68. Elena Poniatowska
1. La Plaza del Diamante, Mercè Rodoreda .
2. La Biblia.
3. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
4. Anna Karenina, León Tolstoi.
5. Guerra y paz, León Tolstoi.
6. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
7. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
8. Ensayo sobre la ceguera, José Saramago.
9. La tumba sin sosiego, Cyril Connolly.
10. Orlando, Virginia Woolf.

69. Benjamín Prado
1. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
2. Sobre los ángeles, Rafael Alberti.
3. Las Canciones, Bob Dylan.
4. Las metamorfosis, Ovidio.
5. Gracias, niebla, W. H. Auden.
6. Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé.
7. El proceso, Franz Kafka.
8. El arco y la lira, Octavio Paz.
9. Estudios del natural, Robert Lowell.
10. Función de la poesía, función de la crítica, T. S. Eliot.

70. Soledad Puértolas
1. Obras completas, Pío Baroja.
2. Cuentos, Antón Chejov.
3. El libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Las olas, Virginia Woolf.
6. El guardián entre el centeno, J.D. Salinger.
7. El largo adiós, Raymond Chandler.
8. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
9. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
10. Viaje a la oscuridad, Jean Rys.

71. Sergio Ramírez
1. El maestro y Margarita, Nikita Bulgaz.
2. El jardín de los Finzi Contini, Giorgio Bassani.
3. Nuestra hermana Carrie, Theodor Dreiser.
4. El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
5. Las flores del mal, Charles Baudelaire.
6. Poemas canónicos, Constantin Cavafis.
7. Un corazón sencillo, Gustave Flaubert.
8. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
9. Cantos de vida y esperanza, Rubén Darío.
10. Cuentos, Antón Chejov.

72. Ramón Reboiras
1. Moby Dick, Herman Melville.
2. La montaña mágica, Thomas Mann.
3. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
4. Luces de bohemia, Ramón María del Valle-Inclán.
5. Bajo el volcán, Malcolm Lowry.
6. El largo adiós, Raymond Chandler.
7. La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares.
8. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche.
9. Iluminaciones, Arthur Rimbaud.
10. La línea de sombra, Joseph Conrad.

73. Javier Reverte
1. La odisea, Homero.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. El primer hombre, Albert Camus.
4. Elegías del Duino, Rainer Maria Rilke.
5. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
6. Moby Dick, Hermann Melville.
7. Bajo el volcán, Thomas Lowry.
8. El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
9. La gaya ciencia, Friedrich Nietzsche.
10. La muerte en Venecia, Thomas Mann.

74. Carme Riera
1. La minyonia d’ un infant orat, Llorenç Riber.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. Les rondalles mallorquines, Jordi d’es Racó.
4. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
5. L’ endemà de mai, Miquel Àngel Riera.
6. Una habitación propia, Virginia Woolf.
7. ¡Absalón, Absalón!, William Faulkner.
8. Cancionero, Francesco Petrarca.
9. El humo dormido, Gabriel Miró.
10. Pedro Páramo, Juan Rulfo.

75. Manuel Rivas
1. El llano en llamas, Juan Rulfo.
2. Metamorfosis, Franz Kafka.
3. Odisea, Homero.
4. Ulises, James Joyce.
5. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. Cuentos, Antón Chejov.
7. Cantigas de escarnio e maldizer (lírica medieval galaico-portuguesa).
8. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
9. Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal.
10. El eternauta, Héctor G. Oesterheld.

76. Julián Rodríguez
1. El primer hombre, Albert Camus.
2. El oficio de poeta, el oficio de vivir, César Pavese.
3. Dublineses, James Joyce.
4. El ruido y la furia, William Faulkner.
5. Espacio, Juan Ramón Jiménez.
6. Querido Miguel, Natalia Ginzburg.
7. El libro de los pasajes, Walter Benjamín.
8. Obra completa, Juan Carlos Onetti.
9. España, aparta de mí este cáliz, César Vallejo.
10. Si te dicen que caí, Juan Marsé.

77. Santiago Roncagliolo.
1. La tía Julia y el escribidor, Mario Vargas Llosa.
2. La mancha humana, Philip Roth.
3. Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez.
4. Amor perdurable, Ian McEwan.
5. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
6. A sangre fría, Truman Capote.
7. Plataforma, Michel Houellebecq.
8. Desde el infierno, Allan Moore.
9. Ricardo III, William Shakespeare.
10. After Dark, Haruki Murakami.

78. Isaac Rosa
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. Guerra y paz, León Tolstoi.
3. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoievski.
4. Al faro, Virginia Woolf.
5. Teatro completo, Bertolt Brecht.
6. Cuentos completos, Franz Kafka.
7. Manifiesto comunista, Kart Marx y Friedrich Engels.
8. Una temporada en el infierno, A. Rimbaud.
9. Ulises, James Joyce.
10. Bouvard y Pécuchet, Gustave Flaubert.

79. Ana Rossetti
1. Cuando las grandes heroínas era niñas, Ricardo Palma.
2. Crimen en la vicaría, Agatha Christie.
3. Llama de amor viva, San Juan de la Cruz.
4. Las dos doncellas, Miguel de Cervantes.
5. El monte de las ánimas, Gustavo Adolfo Bécquer.
6. Pequeña crónica, Ana Magdalena Bach.
7. El collar de la paloma, Ibn Hazm de Cordoba.
8. Poemas, Gerald Manley Hopkins.
9. Barrio de Maravillas, Rosa Chacel.
10. Orlando, Virginia Woolf.

80. Juana Salabert
1. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
2. El ruido y la furia, William Faulkner.
3. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
4. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
5. Elogios, Sant Jon Terce.
6. Terra nostra, Carlos Fuentes.
7. Arhur Gordon Pym, Edgar Alan Poe.
8. La montaña mágica, Thomas Mann.
9. La Celestina, Fernando de Rojas.
10. Guerra y paz, León Tolstoi.

81. Fernando Savater
1. Moby Dick, Hermann Melville.
2. Historias extraordinarias, Edgar Allan Poe.
3. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
4. Rimas, Gustavo Adolfo Bécquer.
5. El sabueso de Baskerville, Arthur Conan Doyle.
6. Ensayos, Michele de Montaigne.
7. Ética, Baruch de Spinoza.
8. Ficciones, Jorge Luis Borges.
9. La isla del doctor Moreau, H. G. Wells.
10. Artículos, Mariano José de Larra.

82. Iván Thays
1. Ana Karenina, León Tolstoi.
2. Pálido fuego, Vladimir Nabokov.
3. Poesía completa, José María Eguren.
4. La verdadera vida de Sebastian Kinght, Vladimir Nabokov .
5. El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
6. Otras tardes, Luis Loayza.
7. La casa de cartón, Martín Adán.
8. Cuentos, Juan Carlos Onetti.
9. La tía Julia y el escribidor, Mario Vargas Llosa.
10. El jardín de los Finzi Contini, Giorgio Basan.

83. Javier Tomeo
1. Pan, Knut Hamrun.
2. Golovin, Jackob Wassermann.
3. La metamorfosis, Franz Kafka.
4. Historias extraordinarias, Edgar Alan Poe.
5. El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde, Robert Louis Stevenson.
6. El viejo y el mar, Ernest Hemingway.
7. Mientras yo agonizo, William Faulkner.
8. El extranjero, Albert Camus.
9. Drácula, Bram Stocker.
10. La isla misteriosa, Julio Verne.

84. Maruja Torres
1. Oliver Twist, Charles Dickens.
2. El idiota, Fiódor Dostoievski.
3. La luna y las hogueras, Cesare Pavese.
4. El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
5. La peste, Albert Camus.
6. Lord Jim, Joseph Conrad.
7. Las uvas de la ira, John Steinbeck.
8. El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald.
9. Conversación en la catedral, Mario Vargas Llosa.
10. El puente de San Luis Rey, Thorton Wilder.

85. Esther Tusquets
1. Peter Pan, J.M. Barrie.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Ilíada, Homero.
4. El jardín de los cerezos, Antón Chejov.
5. Romancero gitano, Federico García Lorca.
6. La tempestad, William Shakespeare.
7. Los alimentos terrestres, André Gide.
8. Espartaco, Howard Fast.
9. La sirenita, Hans Christian Andersen.
10. El siglo de las luces, Alejo Carpentier.

86. Kirmen Uribe
1. Poeta en Nueva York, Federico García Lorca.
2. Catedral, Raymond Carver.
3. El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.
4. Viaje a la isla de Sajálin, Antón Chejov.
5. Ariel, Sylvia Plath.
6. Si una noche de invierno un viajero, Ítalo Calvino.
7. Poemas y canciones, Bertolt Brecht.
8. Obabakoak, Bernardo Atxaga.
9. Los anillos de saturno, W.G. Sebald.
10. 101+19: 120 poemas, Ángel González.

87. Leonardo Valencia
1. Tonio Krüger, Thomas Mann.
2. Poesía vertical, Roberto Juarroz.
3. El astillero, Juan Carlos Onetti.
4. Los inconsolables, Kazuo Ishiguro.
5. La tarde del señor Andesmas, Marguerite Duras.
6. Belleza de una espada clavada en la lengua, Emilio Adolfo Westphalen.
7. Enemigos de la promesa, Cyril Connolly.
8. El libro de las preguntas, Edmond Jabès.
9. Pálido fuego, Vladimir Nabokov.
10. Claros del bosque, María Zambrano.

88. Mario Vargas Llosa
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. Guerra y paz, León Tolstoi.
3. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
4. Moby Dick, Hermann Melville.
5. Tirant lo Blanc, Joanot Martorell.
6. La montaña mágica, Thomas Mann.
7. Los demonios, Fiódor Dostoievski.
8. Esplendor y miseria de las cortesanas, Honoré de Balzac.
9. Luz de agosto, William Faulkner.
10. Ulises, James Joyce.

89. Juan Gabriel Vásquez
1. Hamlet, William Shakespeare.
2. Ulises, James Joyce.
3. Pastoral americana, Philip Roth.
4. Bajo la mirada de Occidente, Joseph Conrad.
5. La casa verde, Mario Vargas Llosa.
6. Ficciones, Jorge Luis Borges.
7. Lolita, Vladimir Nabokov.
8. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
9. Luz de agosto, William Faulkner.
10. Memorias del subsuelo, Fiódor Dostoievski.

90. Horacio Vázquez-Rial
1. El largo adiós, Raymond Chandler.
2. Obra completa, Jorge Luis Borges.
3. Los demonios, Fiódor Dostoievski.
4. Mientras agonizo, William Faulkner.
5. La educación sentimental, Gustave Flaubert.
6. La cartuja de Parma, Stendhal.
7. Los siete locos y los lanzallamas, Roberto Arlt.
8. Vida y destino, Vasili Grossmman.
9. Pastoral americana, Philip Roth.
10. El siglo de las luces, Alejo Carpentier.

91. Xavier Velasco
1. El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
2. Aura, Carlos Fuentes.
3. La inmortalidad, Milan Kundera.
4. La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa.
5. El idiota, Fédor Dostoievski.
6. El hombre rebelde, Albert Camus.
7. Un mundo para Julius, Alfredo Bryce Echenique.
8. El pabellón de oro, Yukio Mishima.
9. Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil.
10. Las mil y una noches.

92. Manuel Vicent
1. Odas, Horacio.
2. Odisea, Homero.
3. Metamorfosis, Franz Kafka.
4. Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski.
5. El extranjero, Albert Camus.
6. El ruido y la furia, William Faulkner.
7. La montaña mágica, Thomas Mann.
8. La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
9. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
10. Diccionario filosófico, Voltaire.

93. Enrique Vila-Matas
1. Diarios, Franz Kafka.
2. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
3. Ensayos, Michel de Montaigne.
4. Jakob von Gunten, Robert Walser.
5. Tristram Shandy, Laurence Sterne.
6. Locus Solus, Raymond Roussel.
7. Aforismos, G.C. Lichtenberg.
8. Bouvard y Pecuchet, Gustave Flaubert.
9. Una temporada en el infierno, Arthur Rimbaud.
10. Elogio de la locura, Erasmo de Rótterdam.

94. Luis Antonio de Villena
1. Satiricón, Petronio.
2. Nueva antología personal, Jorge Luis Borges.
3. Los ídolos, Manuel Múgica Láinez.
4. La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.
5. Las sonatas, Ramón María del Valle-Inclán.
6. Mientras agonizo, William Faulkner.
7. La realidad y el deseo, Luis Cernuda.
8. Poesía completa, Cadafis.
9. La historia de Genji, Murasaki Yikibu.
10. Las personas del verbo, Jaime Gil de Biedma.

95. Juan Villoro
1. Aforismos, Lichtenberg.
2. De perfil, José Agustín.
3. Angelus Novas, Walter Benjamin.
4. Ficciones, Jorge Luis Borges.
5. Cuentos, Antón Chejov.
6. La galaxia de Gutenberg, Marshall McLuhan.
7. Capitán Aterras, Julio Verne.
8. La vida breve, Juan Carlos Onetti.
9. Lolita, Vladimir Nabokov.
10. Instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoita.

96. Jorge Volpi
1. Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche.
2. Gödel, Escher, Bach, Douglas Hofstadter.
3. Crimen y castigo, Fédor Dostoievski.
4. Doktor Faustus, Thomas Mann.
5. Cosmos, Carl Saga.
6. Historias extraordinarias, Edgar Allan Poe.
7. La divina comedia, Dante Alighieri.
8. Guerra y paz, León Tolstoi.
9. Desgracia, Coetzee.
10. Vidas de los doce césares, Suetonio.

97. Alejandro Zambra
1. Un hombre que duerme, Georges Perec.
2. Las cosas, Georges Perec.
3. W o el recuerdo de la infancia, Georges Perec.
4. El gabinete de un aficionado, Georges Perec.
5. El secuestro, Georges Perec.
6. Me acuerdo, Georges Perec.
7. Pensar / Clasificar, Georges Perec.
8. La vida instrucciones de uso, Georges Perec.
9. Especies de espacios, Georges Perec.
10. Tentativa de agotar un lugar parisino, Georges Perec.

98. Pedro Zarraluki
1. La Celestina, Fernando de Rojas.
2. Habla, memoria, Vladimir Nabokov.
3. Ficciones, Jorge Luis Borges.
4. Desayuno en Tiffany’s, Truman Capote.
5. El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.
6. Si una noche de invierno un viajero, Ítalo Calvino.
7. La metamorfosis, Franz Kafka.
8. Cuentos, Guy de Maupassant.
9. El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald.
10. El cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell.

99. Irene Zoe Alameda
1. Epopeya, Gilgamesh.
2. La relatividad explicada de forma sencilla, Martin Gardner.
3. Fahrenheit 451, Ray Bradbury.
4. Symposium, Platón.
5. Viaje al fin de la noche, Louis-Ferdinand Céline.
6. Autobiography of Red, Anne Carson.
7. Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio.
8. Mrs. Dalloway, Virginia Woolf.
9. La tempestad, William Shakespeare.
10. Cantos, Ezra Pound.

100. Juan Eduardo Zúñiga
1. Nido de nobles, Ivan Turgueniev.
2. Winesburg, Ohio, Sherwood Anderson.
3. Camino de perfección, Pío Baroja.
4. Libro del desasosiego, Fernando Pessoa.
5. La gaviota, Antón Chejov.
6. El astillero, Juan Carlos Onetti.
7. La ruina del cielo, Luis Mateo Díez.
8. El castillo, Franz Kafka.
9. Dublineses, James Joyce.
10. Chevengur, Andréi Platonov.

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11 comentarios

  1. la mejor lista la de alejandro zambra

  2. Sin lugar a dudas los 10 libros que cambiaron mi vida fueron:
    La Madre de Gorky
    Madame Bovary de Flaubert
    Días de Infancia de Gorky
    Eugenia Grandet de Balzac
    Don Quijote de la Mancha de Cervantes
    La Dama de las Camelias de Alejandro Dumas
    La Iliada de Homero -La Odisea de Homero
    Teogonias de Hesíodo y La Metamorfosis de afka

  3. Buenas tardes al menos para mí. Me acabo de asombrar con tu página, como verás en el link de mi website, tanto la noche, como los demonios y las musas son mis temas más importantes, o los más importantes de mi vida al momento de escribir, o de sentir. Lo etéreo de estos 3 actores invisibles para muchos define varios ámbitos de mi actualidad.

    En el blogspot hay algunos arranques momentáneos, como también están las “Entregas”, que son textos pertenecientes a un compilado de mi autoría, aún sin publicar que se llama “De noches, musas y demonios”.

    Me quería comunicar con vos, porque ver que estos elementos transterrenos o infinitos pertenecen a la humanidad toda es algo que me llena los pulmones de alegría.

    Espero que estés bien, un caluroso saludo desde Argentina.

    Santiago Motto.

  4. ALABADO SEA EL LENGUAJE QUE NO NOS DESAMPARA DESDE LA CUNA HASTA LA TUMBA

    Por
    Jorge Julio Diaz Mateus

    Los interpretes no somos más que estudiosos amantes del conocimiento. Somos creyentes de todos los conocimientos que contribuyan al mejoramiento del bienestar humano. No miramos con buenos ojos el conocimiento de las leyes de la naturaleza para su sometimiento. Pensamos que deben ser conocidas y recreadas con el fin de mantener una relación armónica con el cosmos. Somos prisioneros de la pasión por el saber, no podemos liberarnos de esa fuerza arrolladora que nos atrapa como una cárcel.
    Consideramos la poesía como una iluminación que conduce al sendero del conocimiento. Poesía y razonamiento lógico, reflexión e imaginación, son cada uno de ellos un momento en la misma dirección. Pensamos también que en materia de enseñanza aprendizaje, cuando se simplifican demasiado las cosas o los fenómenos, el lenguaje pierde sentido. Esto no quiere decir que lo complejo sea más profundo. Simplemente hay que esforzarse para hacer sencillo lo complejo sin empobrecer el lenguaje. Ser sencillo para la comprensión de los otros no hace menos complicada nuestra vida y nuestro pensamiento. Cada que comprendemos algo plenamente sentimos que se deshacen algunas cadenas de la ignorancia y nos llega un respiro de libertad. Pero para la poesía como didáctica simplificar demasiado es quitar sentido al lenguaje poético y correr el peligro de caer en la repetición al estilo de la propaganda mercantil.
    De la misma manera que podemos hablar de la razón como algo que sentimos de forma palpable; la imaginación que nos ilumina la intuición a de ser reconocida como posibilidad de conocimiento. Puesto que el misterio se halla tanto en el mundo de la realidad sensible y de las cosas conocibles como detrás de él, hemos de reconocerlo como un componente significativo del lenguaje metafísico que se nos impone desde las instancias de poder que intentan regirlo.
    No nos cansamos de insistir en que la poesía no es, no ha sido, y no puede seguir siendo un culto al misterio. En este sentido es posible que la poesía sea una advertencia o una sugerencia, mas no el pretexto para construir sobre ella una fuente de errores donde abunden los equívocos o las pretensiones de certeza absoluta. Tampoco creemos que existan en la poesía verdades parciales, puesto que la poesía, como la investigación que se vale de la imaginación como auxiliar constante del conocimiento, no propone límites o verdades absolutas. La poesía es sugerencia constante, es despojo de misterios que ocultan lo visible y lo invisible de las contradicciones que mueven el mundo.
    “El cielo, la tierra y las cosas nos hablan en todo momento (ver Gadamer las cosas tienen su propio lenguaje, los objetos nos hablan de su propia naturaleza y de la esencia que ocultan) y nosotros debemos prestar atención a lo que dicen” (Naguib Mahfuz en El café de Qúshtumar). En ello consiste el desciframiento de los enigmas que se ocultan en todo fenómeno que habita el movimiento del mundo
    Todo lo oculto se manifiesta en el movimiento universal, ininterrumpidamente, de una u otra manera a través del lenguaje. En ello consiste el acontecer y el perecer cotidiano de su existencia. En este sentido lo que más deseamos es no llegar a la vejes aferrados a la vida, asediados por el miedo a la muerte. Siempre habrá proyectos para realizar, siempre habrá conocimientos que no se logran adquirir y clarificar en el curso de una vida humana. En este sentido el investigador o el poeta siempre están abriendo puertas, siempre están regando la simiente para que otros cosechen los frutos.
    Lo verdaderamente temerario es el transcurrir del tiempo, cuando este se manifiesta en el deterioro material del cuerpo que lo padece, como borrador de recuerdos, pues “la muerte comienza por la memoria, y la muerte de la memoria es la peor de todas, en sus manos reside la muerte mientras sigues vivo, y sin ser consciente, se te devuelve al analfabetismo” ( Naguib Mahfuz pág. 148 El café de Qúshtumar).

    En momentos de extraordinaria percepción el molino de tiempo nos deja escuchar su tintineo de oxidadas monedas y en su rodar nos deja ver su dominio sobre la materia mientras van pasando las últimas páginas de cada vida. Es allí donde nos preguntamos cómo llegar al final. Pues en la medida en que olvidamos, perdemos la memoria del lenguaje que se encuentra instalado en el nombre de cada cosa o de cada fenómeno conocido para nosotros. Es allí donde tenemos que señalar las cosas con el dedo para nombrarlas, es allí donde la imagen nos permite recuperar el tiempo perdido. De lo contrario volvemos entonces a ignorarlo todo hasta que de nuevo ya no sabremos nada. Es por ello que al lenguaje lo debemos todo y al olvido no deberíamos dejarle nada. En la poesía lo dejamos todo, al olvido no daremos nada. Sabemos que el molino del tiempo se va tragando todos los recuerdos, el olvido se presenta como polvo, cubriéndolo todo y nuestro pensamiento se va olvidando de todo. El olvido lo va devorando todo. Primero nos nubla los nombres y las formas. Luego la neblina se traga imágenes y presencias. Pero siempre lo más insoportable es el olvido de las esencias, más que de las presencias.

    No podemos por tanto, en esta línea de pensamiento, admitir la propiedad privada sobre el conocimiento. No podemos permitir que el conocimiento se convierta en una mercancía, en un título de valor que se compra y se vende en los estrados de los corredores de bolsa de valores. Puesto que el conocimiento es una necesidad absoluta para la vida humana, no es digno que la humanidad permita que un grupo de criminales que pretenden dominar el mundo se apropie de todo el conocimiento que la humanidad ha desarrollado en el curso de su existencia.
    En estos momentos de dificultad para el género humano, cuando el agua y el aire, el fuego y la tierra, como elementos fundamentales y permanentes en el universo, dejan de pertenecer a los seres humanos, como un derecho inalienable, y pasan a convertirse en mercancías, en propiedad privada de un pequeño grupo de ciegos por la codicia, es cuando más debemos comprender que la adversidad purifica a los seres de la imaginación, a las creaciones de la poesía, y los convierte en gigantes invencibles, en seres invendibles que acumulan en su seno todo el saber humano expresado en imágenes y conceptos a través del lenguaje de la poesía, de la armonía ética del arte como recreación estética del conocimiento del mundo.
    Dentro de esta preocupación, nos pasamos la vida dándole vueltas a todas las ideas doctrinales. A la religión y a la ciencia, a los mitos de la poesía antigua y a los símbolos que interpreta la moderna filosofía y llegamos a concluir, parcialmente, que debemos temerle a las enfermedades y sus perturbaciones, a las complicaciones que traen el dolor y el malestar, mas no a los gigantes invisibles que están en todas partes con sus metrallas y su gas pimienta, con sus garrotes y sus tanques destructores, con sus mortíferos cohetes y su devoradora fuerza transnacional. No podemos convivir más con su progreso destructor, con su tecnología avasalladora de sueños de libertad.
    Por el contrario esto debería llevarnos a mirar a la muerte a los ojos, por un momento, y sin ningún temor prepararnos para un encuentro definitivo con ella. Prepararse mentalmente a través del lenguaje poético para recibir la muerte, no nos parece mal. A lo mejor encontremos la liberación en la nada de sus territorios.
    Si en la lucha contra estos gigantes monstruos del crimen organizado, contra estas bandas criminales que genera la explotación capitalista nos lleva a morir en el combate, bienvenida sea la muerte. Para qué vivir más en esta indignidad. Para que morir de rodillas humillados ante los bodrios que maquinan un poco más de ignominia para los desposeídos de la tierra, si de todas manera la muerte nos espera.

    Desde antes de descender a este mundo, antes que nos trajeran a este valle de lágrimas, ya la muerte nos tenía en la mira con sus grandes ojos de mirar el mundo. Ya la parca entonaba sus silencios que hacían más perfectos los sonidos de la vida. Mientras el viento, que no se detiene deja escuchar el silbo de su paso y el rio vertical deja escuchar su murmullo de precipitaciones, la danza y el canto con su otra manera de percutir, nos llaman la atención sobre la espera de las hojas secas. Son las respuestas que el silencio tiene para responder a los sueños en que el poeta imagina cuando piensa el sufrimiento de sus desvelos por conocerse así mismo atendiendo la invitación de Heráclito.

    Donde hay vida hay siempre muerte como posibilidad. Es el único imperativo que no tiene vuelta de hoja. Pero como parte de la contradicción a la que no escapa nada en el mundo siempre está en manos del azar la hora llegada. Siempre es casual el momento de su abrazo. Hay quienes esperan la muerte con paciencia y resignación; y hay quienes la buscan ansiosamente para descansar del sufrimiento que les causa este mundo lleno de injusticias. Pero nada es previsible cuando se habla de la muerte. Es el único terreno del conocimiento donde es admisible una jugada del destino o un azar actuando a nuestro favor. Morimos para no seguir padeciendo los dolores del mundo. Para dar fin a nuestro sufrimiento material, para que nuestra mente descanse al fin de pensar, para que las banderas del conocimiento, como lucha constante de la humanidad, sean recogidas por otros, para que los que vienen atrás de nosotros pasen adelante.
    Todos los hombres que han gastado su vida en el transcurrir histórico de la humanidad buscando alivio para las enfermedades que afectan a los seres humanos, lo han hecho para alejar el sufrimiento, no para agudizar los tormentos de la agonía. Por ello ante las enfermedades terminales, alejar el sufrimiento debe ser la prioridad, no el afán de ganancia como sucede hoy con los centros de salud que se manejan como empresas vendedoras de servicios. Por ello estoy totalmente de acuerdo con Naguib Mahfuz cuando dice que “a los derechos humanos les falta uno nuevo, que es el derecho a la muerte si se la desea (pero no el derecho o la libertad para morirse de hambre en un mundo repleto de alimentos), y legalmente la medicina debería asumir la responsabilidad de hacerlo de la manera más libre” (Pág. 192 de El café de Qúshtumar).
    A la luz del día o por la noche cuando todo se parece a la calma, cuando todo es alumbrado por la serenidad, el lenguaje no te desampara. Antes del lenguaje éramos huérfanos de pensamientos, desamparados por las ideas, asediados por la ignorancia. Proclamemos pues la merced del lenguaje y cantémosle una alabanza.

    • A proposito de lecturas como las aqui recoordadas quiero proponer esta reflexion.

      No aprobamos la inquisición, no seas tú un inquisidor ante los jóvenes.
      Como en aquellos tiempos en que la potestad sobre los desposeídos era ejercida por la iglesia católica a través de la santa inquisición, hoy el Estado por medio de sus organismos, revive las prácticas del inquisidor con todos sus comportamientos. Es sabido que el inquisidor vive del odio. Es el servidor fiel de una institución que asesina a los inculpados en nombre de la divinidad. Que justifica, desde la metafísica impuesta por la máxima jerarquía, la muerte criminal. Esta siempre al servicio de sus amos porque estos le permiten toda clase de desahogo en la acción de causar dolor y sufrimiento a los otros. Las víctimas de crímenes de estado, la tortura y la persecución, así como todas las violaciones del derecho a la vida van siempre ligados al deseo de someter al otro, al que defiende ideas contrarias, al que no prefiere a los amos. Al que no se inclina y los reverencia. Al que no obedece ciegamente sus mandatos, sus leyes, al que no está presto a defender sus intereses, su ansiedad irrefrenable de poseerlo todo. El Estado fascista renovó y modernizo las practicas represivas del poder medieval. La dictadura burguesa con apariencia de democracia se sostiene mediante esas prácticas y guarda su imagen permitiendo a sus defendidos crear cuerpos armados ilegales protegidos por la legalidad sin dejar huellas probatorias evidentes de tal acción.
      El estado moderno como heredero de la ideología metafísica del patriarcado mantiene sus costumbres y normas tradicionales. Los hábitos y las más prejuiciadas ideas. Los símbolos e imposición de sus leyes son de uso continuado. Su proceso de enseñanza aprendizaje apunta siempre a defender y certificar que se mantenga el estado de las cosas tal cual, asegurando su transmisión de mandos de generación en generación. El estado define el tejido social y los roles que debe jugar cada partícula de su manto metafísico y por mecanismos ideológicos los hace aparecer como algo natural en el globalizado mundo de las mercancías.
      El patriarcado sólo varía un poco las formas de estructurar el Estado en diferentes tiempos y lugares. Siempre los esclavos asalariados y las diferentes formas de servidumbre han estado expuestos a diferentes grados y tipos de opresión patriarcal. La difusión masiva de su invisibilidad la hace en nuestro tiempo cada vez menos perceptible a los ojos de los adiestrados para darle continuidad. Pero desde los inicios en la historia de la propiedad privada, que es el inicio de la lucha de clases, la estructura de dominación y subordinación se ha mantenido como sistema básico de despotismo y ostentación de poder. Y siempre el embrión mítico de la metafísica y su estado de desarrollo hasta la ontología del ser actual, ha jugado el papel de ocultador de las desigualdades entre el desposeído, que supuestamente renuncia voluntariamente a sus derechos, y los que le imponen desde el Estado su opresivo dominio.
      La patria es la tierra del padre que administra el derecho a la gran propiedad. Quien maneja el estado administra la gran propiedad de la tierra. La patria con todos los que la habitan, debe estar supeditada a lo que diga el jefe de la familia, el patriarca, el jefe de estado. Esa tierra natal o país que nos adopta, asume siempre en su gobierno, una estructura patriarcal. Por ello la significación de patria suele estar asociada a connotaciones políticas e ideológicas. El patriarca es el jefe, el que manda. Jefe dictador, señor tirano, déspota imperioso, fanático gamonal. El que ordena una familia. El que emite la disposición de atacar. El Ochoa mayor en la estructura del clan. El que da la orden de disparar, de torturar, de arrancar una declaración favorable al que domina, al que ordena una nación o implanta un imperio.
      De allí emerge la propuesta ideológica del italiano Maquiavelo. De sus postulados el imperativo categórico de Uribe Velez, el fin justifica los medios, el fin es reconstruir la patria, así se decide en el Ubérrimo. El patriarca es erigido como jefe de la familia que es Colombia. El refunda la patria. Los de la motosierra y el fusil salen a cumplir órdenes, a promover desterrados, a desplazar a cuanto campesino se niegue a obedecer o se resista a entregar su tierra y su dignidad. Para que se cumpla aquello de que del patriarca descienden los mandos medios. Esto es lo que se llama una hermandad de clanes, la fratría. Una parentela de asesinos, de criminales, de homicidas, de administradores de la gran propiedad, gente sin escrúpulos, sin compasión, una fraternidad de promotores de crueldad.
      Esa es la gente que promueve la muerte criminal, que siempre la ha promovido la pena de muerte no declarada en sus legislaciones, las ejecuciones extra-juicio. Esto se evidencia en la práctica concreta de los miles de ajusticiamientos y desapariciones, en los millones de asesinatos que se han cometido en este continente desde hace quinientos años. La muerte criminal no es una práctica, que los dueños del poder y las armas empiecen a implementar en Cartago en el año 2012, es un acontecer que viene desde la fundación de la primera patria. Desde los bíblicos tiempos del patriarca Moisés.

  5. Los clanes y las hordas criminales
    Los patriotas son una familia creada a partir de la gens. La familia patriarcal es el origen de la patria. Es el patriarca el que funda el estado y lo expande, sometiendo a los débiles e imponiendo la historia desde los vencedores. Así como el clan de los Ochoa tiene su patriarca (reconocido así por García Márquez en su libro Noticia de un secuestro) su jefe, también la patria refundada tiene su jefe. El jefe de estado es la derivación del patriarcado. Por ello se hace lo que diga el jefe de estado, el gran padre, el soberano mayor. El usufructuario heredero de Moisés.
    En la formación del estado el ejecutivo recibe de manos de los grandes propietarios el poder sobre los demás miembros de esta gran familia patriarcal, donde los desposeídos, los esclavos asalariados o des-asalariados, llevamos el apellido del país, de la familia a la que pertenecemos. El estado garantiza, a través de la ley que imponen los comandantes de la economía, la sujeción de todos los desposeídos a los poseedores de la gran propiedad, impidiéndoles su constitución como objetos políticos, como oponentes.
    La ley los denomina con diferentes nombres para criminalizarlos. Para incriminarlos los llama despiadados, impíos (recuérdese las acusaciones de impiedad que adujeron contra Sócrates o lo sucedido con Seneca), herejes, sacrílegos, conspiradores, seguidores de ideologías foráneas, anarquistas, vándalos, chusma, infractores, insubordinados, insurgentes, subversivos, terroristas. El patriarcado descansa en todas las estructuras del estado que posibilitan control sobre la fuerza de trabajo y la expresión del pensamiento, para que sólo circule en sus medios de difusión masiva la cultura dominante, la ideología de los jefes, de los propietarios de los medios de producción, que son también los propietarios de los grandes medios de difusión, de los desmesurados canales de información que todo el tiempo desinforman al mundo globalizado.
    Por ello las empresas de radio difusión, TV o internet son- fratrias- hermandades entre grandes empresas financieras que tienen lugar en la constitución del patriarcado moderno. Son grandes transnacionales que crean o establecen interdependencia y solidaridad entre ellos, que los capacita para dominar en un mismo sentido sin perturbar la anárquica competencia que los mueve.
    Es necesario hacer aparecer la relación de choque entre jefes y subordinados como inexistente, invisibilizar las cadenas de la opresión. Desaparecer categorías de la economía política, como lucha de clases, imperialismo, opresores y oprimidos, parados y esquilmados. Hacer aparecer la concentración de la riqueza y la expansión de la miseria como un logro de los más diestros, de los más avilés, de los mejor capacitados, como algo natural, como un mandato llegado de las alturas a través de la voz que sólo escucha el patriarca, (porque el patriarca además es profeta en su tierra), como revelación divina.
    También el soberano del siglo XVII obedecía los mandatos del ser sobrenatural. Ya Zeus había sido enterrado en las ruinas de la antigua Grecia, donde la patria, tierra de los antepasados o padres, tenía un origen mítico, donde la patria era una donación de los dioses. El soberano era la representación misma de la divinidad.
    Hitler también le presto un servicio a su dios obedeciendo los deseos de los grandes carteles que aspiraban a tener el dominio absoluto de la economía europea. El tirano invoca los mandatos de la inquisición contra los judíos como sustentación de su fuerza exterminadora. Hitler llama a la patria, a la nación alemana a recuperar el poderío imperialista perdido en la primera guerra mundial y expandir la patria hasta los más lejanos confines.
    La intención de Mussolini era volver a los antiguos fueros del imperio romano. La nación italiana por ejemplo surgió a partir de una herencia de la historia de la patria propiamente. Las mafias italianas son clanes, familias que obedecen a estos mismos principios. De este tipo de estructuras se deriva la estirpe de los Ochoa. Esta familia propietaria de los más costosos caballos en la patria que habitan, es propietaria también de más de un millón de hectáreas de las mejores tierras del país. Por ello imponen los padres de la patria que más convienen a sus intereses económicos. En el actual mundo de las mercancías también los gobernantes escuchan las revelaciones de la divinidad, lo que diga el dios dinero, que es el espejo sin orillas donde se miran todas las mercancías de este mundo globalizado.

    • La propaganda es la sofistería moderna, el ejercicio de imponer la metafísica.
      Siempre se ha relacionado al sofista con el gran orador que busca mediante su elocuencia convencer al otro. Sócrates, que combatió con entereza esta primera escuela metafísica, decía que sus juicios, desde el tribunal, no buscaban persuadir a los receptores sino vencer al contrincante. Pero cuando el corpus ideológico pierde su eficacia, la mentalidad de los defensores del Estado dominante acuden a las vías de hecho, a la eliminación del contrario, a la desaparición física del otro. A la pena de muerte no declarada. Al asesinato del que no se deja conducir por la senda reglamentaria de la ley burguesa. A la tiranía que ordena envenenar a Sócrates o quemar vivo a Jordano Bruno, le es indiferente la grandeza creadora del otro. Al terror que engendran los esbirros del soberano, le tiene sin cuidado el sufrimiento del otro, la dignidad del otro.
      Cuando no importa la forma, el modo, la estética, el enfoque, el sentido; desaparece el acontecer ético frente al contrincante. Y se impone el fin como justificación del medio. El fin es siempre el mismo. Someter para acumular, la ciega sed de ganancia. La lujuria económica. La terrorífica máquina que llega al mundo chorreando sangre y lodo. La tortura del inquisidor, es el mismo mecanismo de la máquina del horror hitleriano emulado por la destrucción y el saqueo globalizado que inaugura el siglo XXI. Solo que con volúmenes de horror más desmesurados.
      Una reflexión, un debate, una interpretación de la realidad concreta, debe estar siempre desmarcado de la mentalidad que se impone sin tolerar al contrario. Donde no se acepta la existencia del contrario no hay dialéctica sino metafísica. No hay dialogo sino sometimiento, rendición, entrega resignada, desaparición de toda dignidad. De ahí que la intolerancia sea siempre una acción ciegamente movida por la metafísica en que se amparan los dominadores, los que excluyen al otro de toda posibilidad que no sirva a sus intereses materiales. Los ideólogos de un régimen son siempre los sofistas que adornan la metafísica mediante la adecuación de los conceptos al interés material de los grandes propietarios.
      Vencer es obligar al otro a que crea en la razón de los que imponen por la fuerza su poder. Los sofistas de hoy no convencen, no persuaden a los desposeídos de que esa es su suerte, su destino de seres inermes, sino que imponen la injusticia como un hecho natural. Siempre tratan al otro como necesariamente subyugado, como obligatoriamente sumiso. Como si su condición de inerme fuese un estado lógico de la naturaleza. Un mandato trazado desde las alturas. Desde la raíz metafísica del árbol del conocimiento imaginado por Descartes.
      Parménides propone, en la antigua Grecia, los primeros trazos de la metafísica como ramificación en los caminos del conocimiento. Como método para acercarse a lo desconocido, a lo que está detrás de las apariencias, y plantea el pensamiento como esencia del ser. Al crear el concepto metafísico del ser por fuera del tiempo y del espacio, lo aleja profundamente de su existencia material. Esto lleva a su discípulo Zenón de Elea a preguntarse por un lugar para el ser en el infinito universo. De esta manera se inicia, en la historia del pensamiento humano, la separación de los conceptos, como método, como camino lógico para llegar al conocimiento particular de cada cosa, de cada objeto falto de prudencia investigativa, de exhaustivo examen de los problemas concretos que lo circundan.
      Cuando se divide al universo en tangible e intangible, se está separando la materia de su energía, al movimiento temporal del espacio donde suceden las cosas, donde se desarrollan los fenómenos. Y esta escisión en el universo pensante se erige con la proposición metafísica del ser y el no ser. Que en matemáticas equivale a la formulación pitagórica “todo es número”. Existe una nube, dos árboles, muchos ríos, infinidad de pájaros o nada en el pensamiento humano.
      De allí se desprende la proposición poética de Shakespeare, “ser o no ser he ahí el dilema”, aún vigente. Pues lo más importante para todo hombre, es saber a quién, o a qué, debe someter la conducta de su vida. Si al servicio de una ciencia moderna deslegitimada desde sus orígenes mismos o a la estética cuya actitud ética obedece a la armonía que debe permanecer en la relación hombre cosmos.
      El horror y el dolor que siembran los poderosos con sus actos de fuerza, están siempre sustentados en la idea de que han sido llamados a obedecer órdenes superiores venidas del más allá. No obedecen ni al desarrollo dialectico del conocimiento, ni a una ética de la estética. Obedecen a dictámenes de un ser sobrenatural, a revelaciones de quien dicta los decretos iniciáticos.
      En este caso la opinión, contraria a lo que se impone, no tiene sentido, no reviste ningún valor, no es lógica, no es parte del conocimiento sino de la especulación. Este hecho es lo que lleva a la deslegitimación de un saber científico que sólo sirve a una doctrina que se impone, desde el alto poder que confiere la gran propiedad, como ley descendida desde las alturas o germinada desde la raíz metafísica que defienden los filósofos del barroco. Los que fundan los principios, el fundamento, de la ciencia y el Estado hoy dominante. Ciencia al servicio de una clase. Estado diseñado para proteger los intereses de esa clase.
      La duda del contrario no tiene ninguna razón de ser. Lo que es, es. Lo que no es, no es. De ahí el no ser. La nada. De la nada el pensamiento arranca el ser. El conocimiento que es el ser que permanece en su constante crecimiento, que se desarrolla en su inquebrantable unidad y contradicción con el ser que habita el pensamiento, con el lenguaje. Ese otro ser sin el cual no es posible pensar. No es posible expresar el pensamiento. Pus sin el lenguaje, sin la conciencia de ese ser que nos habita y nos permite descubrir, conocer, indagar, imaginar y crear el hombre no sería el ser que es.
      En este sentido los sofistas son iniciáticos en el arte de seducir mediante la palabra, mediante el sofisma, a través de la sofisticación del concepto, de la complejidad a la que se lo somete, de la adaptación de la categoría filosófica o científica al interés del gobernante o del futuro gobernante. De allí viene la penuria lingüística de Platón para expresar en conceptos, lo que sólo podía concebir en imágenes. Platón se ve obligado a crear un universo poético que se impone desde la ley de la contradicción en el pensamiento.
      Él, que negaba un espacio a los poetas en la república, que pretendía imponer desde su opción metafísica de relacionar la sociedad, se deja venir con su texto de la caverna, con ese profundo matiz que nos recuerda la inseparabilidad entre pensamiento y poesía, entre el desarrollo del conocimiento y el arte en su más alto sentido de expresión humana. El filósofo metafísico no logra evitar el poeta contradictor que lo habita en la morada del lenguaje donde el pensamiento se mueve sin parar entre imágenes y conceptos, entre preguntas y propuestas, entre respuestas y nuevas indagaciones, entre aciertos y fracasos.
      El que investiga abre puertas, descubre nuevas bifurcaciones hacia el infinito universo del conocimiento. Descubre el límite del tiempo que nos devora como cronos. Descubre la amenaza latente del que procura a toda costa ocultar sus crímenes. Crímenes que no reconoce como tales, porque su mentalidad es la del inquisidor. El inquisidor moderno es el fascista que presenta sus más horrendos crímenes como un favor a la sociedad. Por ello la encuesta debe ser tabulada para refrendar sus actos como loables. El censo debe ser visto como un beneficio para los indagados. El empadronamiento no debe aparecer como un control sobre la población, como una medida coercitiva, perseguidora, sino como un favor que nos brindan los amos. Como un sensor que indique que la opinión ha sido acomodada e impuesta públicamente y por tanto debe ser acogida por todos. Porque las manipuladas cifras de sus tabuladores obedecen a sus estadistas de bolsillo entrenados en sustentar el engaño con el número, como buenos pitagóricos de la modernidad. (No olvidemos que Pitágoras fue el primer sectario, en la historia de la filosofía, que fue el fundador de la secta de los pitagóricos).
      No olvidar, además, que los sofistas son embaucadores, avilés enredadores que sentaron cátedra en las escuelas de la santa inquisición. La retórica, al servicio de la inquisición desciende de los primeros sofistas que propagaron la metafísica desde su propaganda retórica. Desde sus retorcidas opiniones impuestas como verdad única. Los inquisidores son los más avilés urdidores de infamias. Ellos imponen sus calumnias y condenan de acuerdo a las culpas que mediante la tortura obligan al inculpado a aceptar como hechos cumplidos.

  6. La muerte criminal anda suelta, eche a rodar la bola, difunda el rumor en el ambiente cultural que nos une.
    Cuando la cultura se degrada viene la más profunda decadencia en el ambiente que la comunidad respira. (Comunidad, término éste que implica una común unidad en torno a la cultura sobre la cual se erige). Eso es lo que vivimos en la actualidad. Todo tiene una génesis cultural como punto de partida. A todos se les puede imponer una creencia común desde el poder dominante.
    Quienes ordenan los crímenes echan a rodar la bola, propagan la idea de que su acción es benéfica, difunden un argumento metafísico de justificación según el cual, quienes disparan sus armas contra el inerme muchacho que consume alucinógenos está limpiando la ciudad de malandros, está barriendo las calles y los parques de seres que afean el ambiente. Que dañan el decorado, con el cual ocultan la podredumbre de este sistema opresor, los dueños de la maquina moledora de seres humanos. Los que se ufanan de defender las instituciones democráticas legalmente constituidas “entre columnas de sangre y de números, entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados que aullarán, noche oscura, por su tiempo sin luces, ¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje, tendida en la frontera de la nieve!” como bien lo anticipara García Lorca en su poemario Poeta en Nueva York
    Existe un presentimiento general de que puede haber un conocimiento más elevado de lo que nos pasa. De que su procedimiento es el más seguro. De que lo que ordenan los amos está bien y que ellos saben muy bien lo que hacen. Las especulaciones tienen receptores que las difunden. La cultura del sicariato está inserta en la creencia de que quien paga no se unta las manos con la sangre de sus víctimas.
    Ser joven en cualquier momento de la historia ha significado siempre ser inexperto para afrontar los peores momentos de la vida. Eludir, evadir, salir del paso en la inmediatez, con los mínimos recursos posibles, es dejar ver el desconocimiento del joven para afrontar problemas. Por ello se juntan. Hacen causa común en la inocencia de evadir la tosca realidad, que no soportan, en los alucinógenos.
    Quienes producen esta vil mercancía saben que hay un clima propicio para aumentar su productividad, para intentar saciar su sed de ganancia. Todos los días necesitan más y más adictos. Necesitan aumentar el número de consumidores, de drogadictos. A su vez necesitan tener más poder, más influencia sobre los demás propietarios, más capacidad de sobrepasarlos. De asociarse con los amos tradicionales en condiciones de mayor favorabilidad. Constantemente contratan intermediarios de su negocio. Grandes y medianos distribuidores que los alejen de la influencia directa, de la relación directa con los consumidores.
    El tráfico o circulación de mercancías, se extiende al tráfico de influencias. Y ese tráfico se amplía a la mentalidad de la comunidad de jóvenes. La inocencia del joven, lo hace presa fácil de tal influjo. Por tanto es muy fácil para un productor de mercancías con alta rentabilidad, como lo son los alucinógenos, influenciar a otros para que participen del negocio y lo mantengan lo más alejado posible de los distribuidores minoritarios y a su vez de los viejos y nuevos adictos. Más alejados de la realidad de quienes prefieren evadirse de la terrible situación de esta cultura putrefacta, donde lo que se puede escapar a su dominio es muy poco. La niña que distribuye golosinas, en cuya base se aloja la sustancia adictiva, a sus compañeras de colegio, se convierte en instrumento, en una operaria más del sistema criminal de contratación de los grandes productores de mercancías nocivas para la vida humana.
    Los jóvenes que prefieren espantarse de este mundo de injusticias, son fácilmente influenciables. Y este es un aspecto de la cultura dominante que favorece profundamente a los grandes potentados. Con este aspecto cultural de lo que significa ser joven en un mundo como el actual, los grandes productores de la nefasta mercancía promueven el consumo aprovechando todos los ingredientes que brinda un tejido social degradado, una comunidad enferma en la génesis que la une, que la comunica. Una comunidad desecha en lo que la hace común.
    Entonces el malestar en la cultura, el dolor espiritual que aqueja el pensamiento, se encuentra con la droga, con el fármaco que le permite, falsamente, metafísicamente, esquivar todos sus males. Eso pasa con los jóvenes en esta sociedad. Están expuestos a la influencia de un pequeño grupo de criminales que producen una mercancía dañina para el ser humano, pero benéfica para las arcas de quienes gobiernan el mundo de las mercancías, que es este mundo en que vivimos. De modo que en cada momento en que un joven o niño se suma al mundo de los consumidores, aumenta el beneficio para los productores que en últimas son los que patrocinan a los gobernantes.
    Entonces los trabajadores y los hijos de los trabajadores llevan la peor parte. De manera inocente unos jóvenes inducen a otros, sin darse cuenta que los beneficiados aumentan con ello su poder de opresión sobre los de su clase. Cuando un nuevo joven cae a la drogadicción, cuando un nuevo miembro de la sociedad se vuelve adicto a este tipo de mercancías, los productores de esta criminal mercancía, multiplican sus ganancias.
    Los productores, los grandes magnates, no tienen necesidad de diseñar un plan para multiplicar el consumo de su mercancía. Para ello tiene sus tecnócratas y sus ingenieros de ventas. Por cada diez inducidos, pueden desechar un propagandista, un influenciador, un consumidor, un microdistribuidor. Y por cada asesinato de un joven que patrocinen, obtienen una posibilidad menos de ser desnudados como los promotores principales de la muerte criminal.
    No son sombras
    Son pirañas que devoran bosques y selvas
    Son buitres que devastan praderas
    Son hienas que convierten inmensos lagos
    En tendidos desiertos.
    Dioses del agua embotellada
    descendidos de una matriz cualquiera.
    Convierten la tierra en esqueleto envenenado
    Vertiendo sus venas a cifras bancarias.
    ¿Cómo descifrar el enigma de sus pétreas angustias?
    ¿Qué saben estas sabandijas de la profunda respiración de las plantas?
    ¿Qué de los milagros que cada día nos brindan los últimos bosques de niebla?
    Su oscura presencia solo sabe multiplicar el dolor
    Alargar el precipicio que ahoga el oxigeno
    Arruinar el recuerdo de la aurora
    Ahogarse, como aves voraces, en la propia sangre del hombre
    Al que saquean la vida.

    • ¿Para qué sirve la ciencia de Harvard a los jóvenes amenazados?
      Yo tenía veinte años.
      No permitiré que nadie
      diga que es la edad más
      hermosa de la vida.
      —Paul Nizan,
      Aden Arabia, 1966

      ¿Qué conocimiento tiene el joven de la vida? ¿cómo funcionan sus sentidos? ¿de qué manera percibe el mundo que lo rodea? ¿puede para el joven existir un conocimiento más alto, más seguro que el que depende de sus sentidos? Un joven por su inexperiencia tiene más posibilidad de cometer errores. Pero ¿quién los comprende? ¿Qué conciencia de sí acompaña al joven en su inocencia ante la vida? La posibilidad de error acecha al joven más que al adulto. Pero el error no es algo voluntario. El error tiene la virtud de inducir a la búsqueda de conocimiento.

      Vivimos en una sociedad donde se forma a las nuevas generaciones con métodos basados en el temor, la obligación por la fuerza, la autoridad artificial y el engaño masivo impuesto como verdad absoluta, por la metafísica globalizada a partir de las grandes redes virtuales. Tal procedimiento destruye los buenos sentimientos, la sinceridad y la confianza en sí mismos, de los jóvenes. Cuando lo que importa es investigar nuestra esencia como seres humanos, nuestra conciencia en torno a la defensa de la dignidad. Por el contrario la metafísica del poder se propone como meta adiestrar para el emprendimiento empresarial en beneficio de la posesiva gula económica de los accionistas de las transnacionales que hoy dominan el mundo. Es decir de los depredadores de la naturaleza y la degradación de la vida sobre el planeta.

      Tal vez, a los jóvenes se les mata porque son independientes y sinceros en toda su expresión. Porque ser joven y no ser rebelde es una incoherencia o un síntoma de invalidez mental. Su crimen es no estar conformes con lo que les brinda esta gran compañía de accionarios de las transnacionales del crimen, que lo dominan todo en el mundo actual. Son rebeldes porque, a lo mejor, observan que esta sociedad es un acuerdo de esos accionistas en contra de la libertad y el desarrollo del conocimiento. Un acuerdo donde la necesidad se impone aunque no sea necesaria. Donde se hace imperativo realizar determinadas mercancías cuya producción es anárquica y donde la única ley de regulación es la competencia desmedida como único principio ético.
      En esta sociedad donde el consumo se adecua como sofisma contra el desarrollo de auténticos saberes. El joven no está a gusto bajo el dominio de unos gobernantes mañosos que se presentan como ejemplos a seguir, como autoridades a las que hay que obedecer y tratar lisonjeramente, como si sus actuaciones fuesen paradigma de virtud. Ejemplo de buen comportamiento.
      La exaltación de la fuerza bruta como una misión empresarial, es la filosofía y la visión de los empresarios que producen la nociva mercancía que los arropa de poder. Ellos no inscriben su industria ante la cámara de comercio, sino que protegen la inversión de sus inmensas ganancias bajo nombres asociativos que los cubren de prestigio y buen nombre ante los poderes que administran y protegen sus bienes, su propiedad privada sobre los medios de producción. Su imagen virtual, es lo que se impone como opinión pública. Ellos son “las fuerzas vivas” de la ciudad. Los únicos que tienen corazón de patria. Los llamados por sus medios masivos: “ciudadanos de bien”.
      En un país donde el que asesina realiza un servicio, donde el que dispara vende una mercancía, donde dar de baja a un indigente y presentar su cadáver con un arma encima es premiado como una acción positiva, donde el criminal asiste a su labor como siervo de la gleba que obedece a su señor, a su patrón, donde cumplir es dejar tendidos en la calle un número determinado de jóvenes desangrados, qué perspectivas quedan en el horizonte, sino el sofisma mediático que enloda el pensamiento y degrada la esperanza en un mundo digno de ser habitado por humanos.
      ¿Cuándo se da la palabra a los jóvenes que no se arrodillan ante el poder ni entregan toda su energía al servicio de los tiranos? ¿Quién profiere o escucha y acoge, la palabra que despierte los sueños de nuestra juventud? ¿Quién estimula en los jóvenes el cultivo de la solidaridad, el anhelo y el deseo de aprender haciendo; para así ser feliz, vivir con dignidad y transformar el mundo? ¿Quién en nuestro miedo ambiente propone una escuela para humanizar y liberar a los jóvenes de toda atadura y opresión? Por lo menos los más beneficiados con la producción de mercancías nocivas para la vida y degradantes para la humanidad, y quienes protegen su propiedad privada, no lo van a hacer. Ellos son los que en el pasado reciente sacaron adelante la idea de crear escuelas de sicarios y oficinas de contratación para sus graduados.
      “Todo amenaza con la ruina al joven: el amor, las ideas, la pérdida de la familia, la entrada en el mundo de los adultos. Le es duro aprender cuál es su lugar en el mundo”.
      Paul Nizan (“Adén-Arabia”)
      Nadie mejor que los jóvenes puede dar testimonio fiel de lo que esto significa. Pero en esta ciudad donde la muerte criminal corretea desatada, en muchos casos los niños no alcanzan a ser jóvenes y los jóvenes no alcanzan siquiera los 20 años de vida. Pero eso no lo dice la hoguera rectangular. La causa de los niños y jóvenes de Cartago, no es la de los que pautan en internet, no es la causa del que impone la idea de un mundo globalizado, el mundo de las mercancías, como el mejor de los mundos. Un mundo donde la mercancía dinero se impone por sobre todas las cosas, como esplendida soberanía del universo.
      Ese vendedor de sofismas que se presenta a través de los medios masivos de difusión con la fijación de convertirse en dios dinero. El dios espejo donde se miran todas las mercancías, es un ser abstracto que nos invade, de la misma manera que el efecto de los alucinógenos se apodera de todo el sistema nervioso de los jóvenes que añoran evadir esta cochina realidad carente de oportunidades concretas para los desposeídos.

      Versos que cantan como pájaros
      No soy ese pájaro,
      Soy el que mira sumergido en el aire.
      Soy un perseguidor de pájaros y colores,
      de texturas y sombras,
      de relámpagos y estrellas al amanecer.
      Cuando no los hallo, los trazo en mis tímidos versos.
      Estos son la persecución de ese puente mágico
      lleno de colores,
      yo mismo soy el producto de sus asombros,
      de su búsqueda constante,
      de su mirada transparente
      me siento el heredero de un mundo iluminado por el mito
      y opacado por la crueldad de quienes esgrimen la razón
      como fuerza para sustentar la atmosfera de su injusticia como imperio.
      Autores de aquellas prisiones donde impera el miedo
      Espacios donde la poesía siempre ganará la partida.

  7. Lo que no puedo precisar es quién exactamente da la orden de matar a otros seres humanos.
    Pero lo que sí está comprobado es que en Colombia el asesinato, la vida criminal, el arma como herramienta de despojo, es una alternativa de empleo, donde se consigue dinero para sobrevivir relativamente fácil. Sólo es cuestión de aprender a manejar un arma con destreza y tener una mente de criminal. Un niño de hoy es presa fácil para ser dotado con esta mentalidad y los instrumento para hacerlo están al alcance de los más interesados en consumar esta acción degradante.
    Es necesario aclarar, que en esta ciudad no tienen autoridad para referirse a lo que está pasando con los jóvenes, solamente los dueños del poder y de los medios de difusión. Todos los habitantes tienen derecho a pronunciarse de una u otra manera acerca de la muerte criminal.
    Todos los asesinatos que se han cometido en Cartago, en lo que va corrido del año, tienen un extraño olor a cambio de mando en los tinglados del poder. Y en Cartago mandan los que más tienen. Y los ciudadanos de Cartago saben, quienes son los que más tienen. Los que mandan a matar, son los que más tienen. Son los dueños, de la economía de la ciudad, los responsables. No los desposeídos.
    Y debe quedar claro que en esta ciudad viven jóvenes que están luchando para que se les entienda su identidad de Jóvenes, que piensan, viven la ciudad y tienen una visión sobre el país. Ir en busca de este horizonte, ir en esta búsqueda de sentido para la vida no es motivo para caer bajo las balas asesinas, no es motivo para que se aterrorice a toda la población con un toque de queda impuesto por quienes siembran el miedo a toda una localidad.

    Ello ha hecho que la mentalidad de los jóvenes mire a los extraños, cuando llegan a buscar información acerca de lo que acontece en Cartago frente a la muerte criminal, como los responsables de su imagen degradante y deshumanizadora. La vida les ha ido enseñando a tomar sus medidas. se comprende entonces que su lenguaje es la respuesta a la violencia sistemática del Estado.
    Así aprendió Arturo Alape cuando inicio su investigación en ciudad bolívar para la realización de su libro la Hoguera de las ilusiones acerca de este tema de los jóvenes,
    Que debía realizar un proceso distinto, de acercamiento a los jóvenes, que debía usar una costumbre que en Colombia no es usual. Escuchar al otro, conocer su voz y a través de su voz conocer sus pensamientos y sus instancias íntimas, su manera de actuar. En Colombia, el origen y razones desde el punto de vista sociológico del conflicto armado, en su raíz histórica se define en que el otro no existe. El otro es alguien que camina con una figura prestada pero es un hombre invisible que no piensa: Ese hombre invisible, sólo sirve para darle una patada en el culo. ¿Por qué debo escucharlo y visualizarlo? ¿Por qué debo escuchar a un hombre que no piensa y si no piensa es porque no existe y si existe es para borrarlo de la faz de la tierra?

    Es un comportamiento que se ha socializado muchísimo y hace parte de la mentalidad que ha desarrollado el ejercicio de la violencia, en todas sus fases. Es un ejercicio autoritario del poder político, de las clases políticas, de los diversos actores armados. El otro existe para matarlo o secuestrarlo, el otro no existe para escuchar de él lo que piensa. Somos un país de sordos armados hasta los dientes, con una mentalidad que piensa que el mundo gira alrededor de nuestros pies, y sólo debemos en nuestra perturbadora soledad, escuchar el hermoso sonido de nuestras palabras .

    Es en este ambiente donde Arturo Alape descubre, además, el modelo a partir del cual construye su personaje, en la novela Sangre ajena, el modelo para su retrato del niño sicario habitante de Ciudad Bolívar. Un mundo y una mentalidad creados por el lenguaje del poder, por el lenguaje de la dominación que se impone en sus orígenes de una manera directa a través de la palabra que manda, del lenguaje que ordena. Pero ante todo por la imposición histórica de una ideología que se pone al mando y educa en la obediencia. Un aparato ideológico que como la ideología eclesiástica se pone al servicio del poder ideológico de los que tienen el palo y el mando para imponerse por medio de sus ideas o apuntando y matando con sus armas. Ese poder que desconoce al indio como ser humano y lo somete a trabajos forzados, tratándolo como a un animal o cosa. Si se le desconoce como ser humano se está negando que tenga un pensamiento y unas ideas que expresa a través del lenguaje, de su lenguaje. Al indígena y posteriormente al negro latinoamericano que fue secuestrado y arrancado de su África natal y traído a América como esclavo se le obliga por medios brutales a callar su lengua, a no comunicar su pensamiento a través de un lenguaje propio, a no comunicarse sino a recibir órdenes. Nada podía ser objetado, nada podía ser comunicado en lengua nativa, el ritual y el diálogo con el otro es vigilado y perseguido por quienes se imponen con su lenguaje en la lengua de los dominadores. De esta manera en trescientos años de dominación española y doscientos de sometimiento por la clase dominante en estos países colonizados se va imponiendo esa mentalidad de la que Arturo Alape da cuenta en su declaración, ese comportamiento que hace parte de la mentalidad que ha desarrollado el ejercicio de la violencia.
    Esto no es un poema
    Es la ofrenda que tengo para este día
    Es la revelación de una lluvia de pájaros
    Que cantaron la aurora
    Es el milagro de una hoja que emprende el vuelo ante la luz primera
    El susurro de un insecto que advierte su presencia,
    De un monstruo que grita su soledad a los cuatro vientos
    De un ángel que se precipita en este abismo
    de desesperación sin encontrar sosiego.
    Esto no es un poema, es un bramido:
    Bestias, ciegos por la lujuria mercantil, voraces caníbales civilizados,
    Parad ya la lluvia de misiles
    Detened ya ese ruido acumulador, que causa tanto dolor
    A la humanidad toda.
    No torturéis más,
    la frágil conciencia de estos ocho mil millones de seres
    que pierden su rumbo.
    Si los nombro como una manada
    que se organiza, como gran estado, para delinquir,
    Es porque existen.

    • Pido aposento para la palabra
      Deposito esta metáfora de viento
      Esta palabra de intemperie
      Este ariete de sangre sulfurada
      Que rueda en el silencio y se aleja de la nada.
      Deposito este aliento creado en el alba de un día cualquier
      Hilo de luz que brota del mundo de los sueños
      Luciérnaga extraviada en un mundo habitado por ciegos
      que convierten la ciencia en mercancía
      y los saberes milenarios de la humanidad
      en vil baratija de miscelánea o cacharrería.
      Sé que se hace débil en mi voz
      Pero su estruendo es el parto de la tierra
      Que da a luz miles de millones de árboles en un solo instante.
      Débil semilla que brota y florece
      Ante la contemplación de un niño
      Que la observa con su inmensa lupa de mirar el mundo.
      Claro que cuando el conocimiento se convierte en un servicio que se compra o se vende, en un valor de cambio característico de este mundo de las mercancías que los opresores pretenden vender como el mejor de los mundos, la idea de imaginar y construir una sociedad más justa se convierte en algo aparentemente inalcanzable. Los jóvenes se vuelven entonces reacios a someterse a una autoridad que se supone depositaria del conocimiento. Y empieza a rodar su vida por otros rumbos, donde la mentalidad dominante asume sus crímenes como la cosa más natural. El joven se convierte en víctima de los productores de alcaloides y las autoridades, que protegen la propiedad de los potentados, atemorizan constantemente a los consumidores. La circulación de la nociva mercancía adquiere el carácter de ilegal y esto aumenta la rentabilidad de los que la producen y la comercian.
      La normal circulación de la criminal mercancía se convierte en tráfico. En narcotráfico o en microtrafico. Y el crimen va derecho a donde las víctimas, que en su gran mayoría son jóvenes inocentes. Entonces los sacerdotes de la pulcritud, los amos de la asepsia social, deciden quienes deben caer bajo las balas asesinas de sus empleados, de sus sicarios. Los jóvenes son los primeros en caer, porque son inocentes, por inermes, por inexpertos. Porque su rebeldía los lleva al desamparo social y este hecho permite la acción de la mentalidad criminal que se justifica en el amparo de sus armas de dotación. Justificar la ronda de la muerte criminal hace parte de la mentalidad criminal e intolerante que se impone desde las alturas, desde el nuevo rumor que no se puede comentar de manera contraria a la intención del que lo imparte, desde el poder a través de los medios de difusión masiva. Luego vienen los listados y las amenazas. Entonces el miedo ambiente se apodera de la población y la mentalidad criminal que justifica empieza a expandir un nuevo rumor. Rumor que al propagarse en toda la población logra poner bajo máxima protección a los victimarios. A los que deciden sobre quién debe caer la muerte criminal.
      Es así como los productores de mercancías, los propietarios y los comerciantes de una y otra mercancía criminal, se convierten en los más adinerados y se asocian a los demás dueños del poder, que están al servicio de los dueños de los medios de producción. Las victimas siempre resultan siendo los desposeídos, los desplazados, los despojados de sus pequeñas parcelas o los hijos de los miserables.
      A veces caen bajo las balas asesinas jóvenes que sin ser de la clase más oprimida, ni estar comprometidos con los movimientos sociales que luchan por la creación de un mundo mejor para las generaciones venideras, aparecen como victimas casuales o como equivocaciones del que dispara. O simplemente porque son rebeldes, por ser jóvenes. Y es en estos casos que la fuerza de la mentalidad metafísica se impone y postula desde la unilateralidad. Salen a relucir las opiniones que particularizan o generalizan desde la subjetividad y venden como ciencia sus refritas sentencias para confundir y oscurecer el acceso al conocimiento de un fenómeno en el que siempre los potentados aspiran a ocultar la esencia. Estas opiniones no las dicen los propietarios de los medios, ni sus ideólogos, si no los adherentes, que asumen como propia, la mentalidad criminal que se impone. Contribuyendo así a su afán de ocultar los mezquinos actos de los que concentran la riqueza y siembran el mundo de dolor y malestar, los causantes de la expansión de la miseria.
      Es necesario entonces contribuir al desarrollo del conocimiento profundo de la realidad que nos rodea y que nos permita una señalización histórica de sus causas, pues sólo así podremos, como Tales de Mileto, destruir el imperio de los sacerdotes de la mentalidad dominante y sustituirlo por el conocimiento poético y científico de la sociedad y el universo en que se encuentra sumergida.
      La ciencia surge originariamente de una percepción más atenta de la realidad material de la naturaleza y de la sociedad. Pero la metafísica considera la metería perceptible como un tejido de apariencias. A esto se agrega el lenguaje de la precisión matemática como excluyente de la intuición y la práctica cotidiana del hombre común en el mundo del conocimiento científico. En el mismo sentido va el adiestramiento de miles de insensibles tecnócratas. Se impone la razón del conocimiento cierto y evidente, desde la visión cartesiana como ciencia, porque se requiere someter la naturaleza y al hombre desposeído como parte de las fuerzas productivas. De modo que se impone un ideal desde la fuerza de la razón cartesiana. El hombre desde Heráclito se conoce así mismo en la medida en que reconoce el universo que lo rodea, en la medida en que conoce el mudo del cual hace parte.
      Es por ello que no se permite un debate abierto acerca de la historia de la muerte criminal en los términos científicos y humanos en que debe ser tratado el tema de la brutalidad de los poderosos contra los desposeídos, porque esta hace parte de la apropiación de la fuerza productiva de mujeres y hombres que han sido despojados del producto de su trabajo siglo tras siglo, en beneficio de los eficaces explotadores de la fuerza de trabajo ajena. Un mundo donde los despojados pasan siempre a ser subordinados además de víctimas.


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